viernes, 27 de diciembre de 2013

Mi amo y señor...



Señor Mío. Dos puntos.

Con esto de internet y la difusión que proporcionan las redes sociales, parece que cualquier hijo de vecino puede opinar como si aquí todos fuéramos de pronto expertos en política, como lo es usted. Como si aquello de decidir sobre los derechos de la ciudadanía les competiera a la ciudadanía.  Como si aquello de que los ciudadanos estén contentos tenga algo que ver con la buena política, ¿verdad?

Seguro que piensa que esas voces que se oyen por las redes sociales son como el coro de los grillos que cantan a la luna, que diría Machado. Porque, claro, son los haraganes, los desempleados, los que se aburren: esos son los que tienen tiempo para meterse en internet y protestar. Será que no tienen nada mejor que hacer. No representan a nadie. Si me apura no se representan ni a sí mismos, porque no tienen ni idea de lo que hablan, ¿no? Vamos a hacer caso de los que no dicen nada, que son la mayoría y, como no dicen nada (o al menos no les oímos) entendemos que no tienen nada que decir y todos contentos. Ah. Que no. Que no estamos contentos todos… ¿Pues sabe usted qué? Que yo sí que tengo algo mejor que hacer: podría estar jugando con mi hijo de tres años y el tren que Papá Noel le dejó bajo el árbol. Podría estar haciéndole carantoñas a mi bebé y muriéndome de amor al verla reír. Podría estar abrazadita a ambos en el sofá viendo la tele o leyendo un libro tranquilamente y morir de felicidad. Pero estoy aquí, escribiendo, porque esta rabia, esta impotencia, este sinsentido lleva carcomiéndome días. Así que yo también le voy a dar mi opinión, aunque usted haga con ella lo que acostumbra y la use para limpiarse su ilustre culo. Con un poco de suerte, a lo mejor a base de pulirlo se lo acaba pelando.

Usted es padre. Seguro que entiende lo que le voy a decir: amo a mis hijos. Han nacido porque merecen vivir. Porque yo he querido que vivan. Porque yo he ansiado abrazarlos y sostenerlos en mi pecho. Porque he sido madre de cada uno desde que sospeché el embarazo, mucho antes de que ningún test me lo dijera. Sólo puedo imaginarme intentando con todas mis fuerzas hacerlos felices mientras tenga aliento. Es mi deber proteger su vida y asegurarme de que puedan vivirla con dignidad y plenitud. Es mi deber y fue mi promesa desde el momento de decidir que los traería al mundo. Esa promesa es la que usted quiere defender con su ley. Pero en el escenario en el que una se imagina a su hija -la misma que fue embrión, la que fue el feto que usted protege- siendo feliz, no entra una situación en la que un puñado de matones abuse de ella sexualmente. Imaginar a mi pequeña, a la mitad de mi alma, viéndose obligada a hacer algo que no quiere sexualmente (ni en cualquier otro sentido) me encoge el corazón y me da ganas de llorar. Y ahora entienda que obligar a una mujer a vivir un embarazo y un parto que no desea, en cuanto a su sexualidad atañe, es tan atroz como prohibirle bajo pena que pueda reproducirse. Es, en sí mismo, un atentado contra la libertad sexual y por tanto es, en todos los sentidos, un abuso sexual. Una violación. Usted, señor mío, es el matón.

Seguro que como padre también experimentó, en ese momento en el que vio a sus hijos por primera vez, esa sensación, ese pensamiento que cruza por la mente de todo progenitor que no nos deja contemplar un mundo en el que nuestros hijos no existan. Protegeríamos su vida y su existencia con la nuestra propia. No entendemos que ellos puedan no ser, no estar. Yo no entiendo cómo podía existir la vida antes de ellos ni entiendo cómo podrá seguir existiendo cuando ellos ya no estén. Y estoy absolutamente convencida de que a usted le pasa lo mismo con sus cuatro hijos. Pero no es consciente, no comprende, que todo está conectado, que el tiempo es un fluir que se mueve en ambas direcciones y que, tal vez, sus hijos, esos a los que tanto ama, esos sin los cuales no entiende que haya vida, existen porque no existieron otros antes.


Seguramente no lo sepa: una mujer no fabrica óvulos, sólo los libera. En el momento de nacer la mujer ya tiene todos los óvulos que liberará (o fecundará) en su vida. De modo que, como forma de vida potencial, a nivel celular, no deberíamos hablar de proteger una vida, sino de proteger varios cientos de ellas y otorgarles a todas el mismo derecho.

Me fui de casa cuando cumplí dieciocho años. Siendo, en casi todos los sentidos, una niña. He trabajado siempre, he tomado mis decisiones (las buenas y las malas) y, sea mejor o peor, tengo la vida que me he ganado, la que yo he querido y elegido para mí. Estoy convencida de que también es lo que usted quiere para sus hijos: que ellos puedan labrarse su propia vida en virtud de sus deseos. Cuando tuve mi primer piso, sin saber muy bien cómo, un matón, un despojo, un parásito maltratador acabó metido en mi casa. Y, cosas de la mala suerte, me preñé contra mi voluntad. Pero por mi voluntad sí interrumpí el embarazo. Quiero que me responda una cosa, señor mío. Quiero que me explique POR QUÉ aquel bebé, sólo por haber llegado antes, tiene más derecho a la existencia que mis dos hijos. Porque, tenga clara una cosa, de haber tenido aquel bebé es más que probable, es cuánticamente seguro, que ninguno de mis dos hijos existiría ahora. Quiero que me explique POR QUÉ me merezco más una vida atada a un maltratador, que una vida tranquila con un hombre cariñoso, que nos cuida y nos respeta a mí y a nuestros hijos. Quiero que me explique POR QUÉ y con qué derecho debe ser usted quien decida lo que debo vivir y lo que no. Quiero que me explique POR QUÉ debe ser usted quien decida cuáles de mis oportunidades deben vivir. Y quiero que me explique POR QUÉ, cojones, POR QUÉ según su ley mis hijos no merecen existir.


Qué suerte tiene, señor mío, de no tener hijas. Así se ahorrará explicarles que, pase lo que pase, y hagan lo que hagan, siempre será su padre el que decida por ellas, porque fue su propio padre, amo y señor, quien les negó el derecho a decidir. 

jueves, 14 de noviembre de 2013

HIJAS DE LILITH. Nuestro parto en casa.

Hija, aprenderás muchas cosas con el tiempo. Aprenderás que el cielo está arriba y el suelo abajo. Aprenderás que las estrellas están mucho más lejos que la luna y que la vaca –pobre vaca-, al final, no puede saltar sobre ella. Aprenderás a caminar y a dejar que tus pasos te lleven lejos. Espero que también aprendas a dejar que sean tus deseos, y los de nadie más, los que guíen esos pasos. Y un día aprenderás, también, que tu madre es profundamente imperfecta. Que quiero estar mona, pero odio maquillarme. Que me encanta leer, pero nunca tengo tiempo. Que las canas, en realidad, no me quedan tan elegantes como creo. Que soy desordenada y caótica. Y que siempre tengo un “lo hago mañana sin falta” entre manos. Pero el relato de cómo llegaste al mundo, mi amor, ahora que faltan poquito más de veinticuatro horas para llegar a tu primer mes de vida entre mis brazos, ya no puede esperar otro mañana más. Lo compartiré con quien quiera leerlo… Pero te lo escribo a ti:





Hijas de Lilith     

Así nació mi Reina de las Hadas.


“Génesis 3:16 – A la mujer dijo: Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos.” 


La última noche que viviste dentro de mí me desperté, como cada noche de los últimos meses, varias veces. Ahora no encuentro postura, ahora tengo sed, ahora me preocupo por Hugo porque ha estado malito, ahora me desvelo… Y sentada en la cama sentía cómo la pelvis quería abrirse. Sentía cómo un canal entre mis huesos buscaba su lugar. Llevabas un mes ahí abajo, muy encajada. Recuerdo perfectamente el día que te sentí descender, y cómo sentí desplazarse hacia atrás el sacro. Pero en la cama, esa noche, la sensación era diferente: sentía que mi pelvis se abría en horizontal como si unas manos imaginarias empujaran desde dentro. Pensé “Esto es la relaxina… Mañana me pondré de parto.” Desconozco si estaría en lo cierto o no con la relaxina, pero tú naciste horas después. Sabía que venías. Me dormí de nuevo sonriendo.

Al despertar por la mañana sentí la primera contracción. Puede que tuviera alguna antes, pero eran tan leves, tan cortas, ocupaban en mi útero un espacio tan pequeñito, que apenas molestaban. Pero sonreí. Sólo era la primera, pero la reconocí. Claro que la reconocí. Nos habíamos conocido cuando nació tu hermano, y a alguien así no se le olvida…

Me pasé el día esperando perder el bendito tapón. O aunque fuera un poquito de sangre. Esperando notar las contracciones más dolorosas, más intensas, pero seguían espaciadas como para anunciar un parto inminente, más molestas que dolorosas y haciéndose notar sólo en el bajo vientre, el tapón no aparecía y ni hablar de romper aguas. Eso sí: ¡qué sucio está el suelo de la cocina! “¡Papi, friega este suelo por dios!”. Aunque ya había hablado con nuestras matronas, con las bellas mujeres que nos ayudarían a recibirte en casa, las avisé finalmente a  las cinco y cuarenta de la tarde.  Venían desde Santander. Yo quería ducharme y echarme una siesta… Pero estaba muy inquieta, de pronto tenía un millón de cosas que hacer, así que se quedó en un baño tranquilo. Una, Cristina, llegó a las ocho y media y Esther, fisio obstétrica que ha acompañado muchos partos, ya estaba con nosotros. La otra matrona, María, llegó a las nueve. (Lo cierto es que el día se me pasó volando. Llegué a comentar en voz alta que había perdido la noción del tiempo). Yo le abrí la puerta con una gran sonrisa en la cara. Llevaba todo el día sonriendo. Sabía que faltaba poco para tenerte en mis brazos, pero ni en broma me imaginaba lo poco que faltaba.

Wasabi


Estuve con ellas en la cocina, hablando, riendo, enseñándoles las riquísimas cositas que las mamás de nuestra tribu habían hecho y nos habían regalado, comiendo un yogur (de los que hago yo) con mermelada de higos (de la que hace Tamara). Ya sé que todos estos nombres a ti no te dicen nada, mi cielo. Pero para mí tienen significado, porque todos ellos rodean el momento en que me enamoré perdidamente por segunda vez. Las contracciones venían cortas, pequeñas, dolorosas sí, pero dolorosas como un mordisco en un pezón, no como un dolor de muelas. Dolorosas como un impacto breve que deja un rastro de gusto, no como una tortura que sólo te martillea preguntándote cuándo va a acabar. Dolorosas como el wasabi, no como una guindilla. Mientras tanto pensaba que ya había avisado a tus tíos de que venías, pero debería avisar a los abuelos. El fotógrafo que iba a venir a inmortalizar el momento sabía que había empezado todo, pero aún no queríamos traerlo porque “iba para largo”. Había cargado la batería de la cámara porque me hacía muchísima ilusión grabar el momento en vídeo. Esther había traído unas preciosas velitas que ella misma había hecho y olían a miel y canela. Tenía preparado un cd de música mágica que desde Galicia nos envió Cris: nada menos que el mismo cd que la acompañó a ella sólo un par de meses atrás, cuando Yohualli vino a este mundo. Las mamás de nuestra tribu encendieron velas y nos llenaron de fotos de toda esa luz, que nos iba a acompañar en el camino. Teníamos el entorno más cargado de buena energía que nadie pueda querer. Yo estaba esperando algo, alguna señal: más dolor, más intensidad, sangre, tapón… ¡algo!

Escala en Planeta Parto


Algún punto entre las nueve y media y las diez. Fui al salón. Por más que lo he intentado no recuerdo a qué, ni recuerdo por qué me senté en el suelo y me apoyé en la mesa. Pero lo hice, y se hizo el sueño…
Algún día puede que también aprendas cómo te quedas después de fumar más hierba de la que tu yo consciente puede soportar. Así estaba yo. Incapaz de mantener los ojos abiertos, babeando de inconsciencia, absolutamente ida. Sin mover el culo del sitio, fue primero la mesa, luego la pelota y finalmente el sofá. Me ayudaron a estar cómoda poniéndome debajo una almohada y en algún momento cambiaron esa almohada por uno de los cojines grandes de nuestro mítico sofá azul (Dile a papá que te cuente cuánto tiempo tardó en elegir sofá. Ni que supiera lo importante que iba a ser su papel algún día). Tengo recuerdos muy confusos, desvanecidos. Como si viera las cosas desde el interior de una burbuja. Recuerdo ver dibujos de tu hermano, los Wonder Pets, en la tele, bailando algo hawaiano, coger el mando y poner The Walking Dead (estrenaban la cuarta temporada, que está resultando ser un petardo). Recuerdo decirle a Esther que tenía un sueño muy tonto. Recuerdo que Cris me ofreció agua y la acepté, pero aparté la pajita (odio beber agua por pajita…). Recuerdo ver a papá dándole la cena a Hugo –bicis de pasta, ¡acierto seguro!- en la mesa del ordenador. Recuerdo que de pronto ya no estaban allí. Recuerdo que despertaba cuando venía una contracción, apoyada en la pelota me echaba un poco hacia atrás, sujetándome en la mesa, respiraba, disfrutaba y volvía a dormir. Y recuerdo que me preguntaba cuánto duraría aquello, porque sentía cómo la pelvis se abría un poco con cada contracción, pero seguían siendo cortas, pequeñitas… Ninguna la llegaba a sentir a la altura del ombligo. Seguía sin siquiera sangrar un poquitín. Era el dolor más soportable, tranquilo y dulce del mundo. Y de repente tuve mucho frío.
Gabriel García Márquez dijo que “la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda”. A partir de aquí, cariño, te contaré lo que recuerdo yo:


Las crónicas de Aine: el salón, el baño y la ventana.


Estaba sola: las caricias no me aliviaban y no quería que nadie me tocase. Estaba perfectamente yo sola, así que sola me dejaron. Oía las voces de tres mujeres hablar en la cocina, animadas como en un café cosa que, no sabría decir por qué, me mantenía tranquila. Quizás porque la cotidianidad le otorgaba más naturalidad a todo. Hasta que oyeron llegar mi voz desde el salón: “¿Puede alguien cerrar esta ventana?”. Vino Esther. Cristina y María estaban cenando, para tener energías el tiempo que quedase por delante (aunque esto, claro, lo supe al día siguiente). Justo después, vino una contracción enorme, muy muy intensa. Tan intensa que me quitó el sueño de golpe. Le dije a Esther que sentía que me partía en dos y que, si aquello era sólo para borrar el cuello, no sabía si aguantaría hasta que nacieras. Me preocupaba de verdad: temía que después de todo, del esfuerzo, los disgustos, la ilusión… Después de que tantísima gente participara para ayudarnos a conseguirlo, al final no pudiera aguantar hasta que llegaras. También dije que quería que la siguiente contracción me cogiera sentada en el váter, así que me levanté y allí me fui.
Me acuerdo de papá mirándome desde la puerta. Al día siguiente le pregunté si de verdad había gritado como yo me oía o si habían sido imaginaciones mías. “Estabas orgásmica perdida”. Aunque en el momento creí que era una contracción, aquello fue el primer pujo. Ya venías, y ni siquiera me estaba dando cuenta. ¿Cómo iba a darme cuenta? ¡No podía ser tan rápido! Pero me retorcí sobre mí misma, me apoyé en la pared, y lo gocé como el dolor más pleno y salvaje que he experimentado en mi vida. No me preguntes por qué, pero me quité las bragas. Algo defraudada, además, porque seguían limpias. Al salir del baño, inocente de mí, le dije a papá que llamara al fotógrafo, pero ya no dio tiempo ni a coger el teléfono. Al llegar al salón quise volver a sentarme en el cojín del suelo… Pero mi cuerpo reaccionó, sentí llegar la ola y me obligó a girarme. Como si me estuvieras gritando desde dentro que ni de coña me dejarías tapar la salida. Así que me giré rápido, apoyé los brazos en el sofá, en el rinconcito del chaise longue, quedé en cuclillas, totalmente abierta al mundo, y aullé con el siguiente pujo. Vino María. Otra contracción más y yo me sentía partir en dos. “Sabía” que esa sensación tenías que ser tú. Pero también “sabía” que era imposible que fuera tan rápido. Así que esa parte consciente que me hablaba desde el fondo, la no salvaje, la no animal, la que no se estaba dejando llevar sino que era arrastrada me decía “o es el bebé, o aquí algo va muy pero que muy mal”. Me asusté, Aine. En ese momento me asusté mucho, pensando que podías no ser tú. Y así, asustada, sintiendo las contracciones recorrerme entera como un escalofrío, sintiendo cómo toda yo me desencajaba para abrirte camino, pregunté:

-     -  ¡¿Pero qué pasa?! ¡¿Es el bebé?!

María sonrió, asintió tranquila y no sé si llegué a llorar, pero creo que lloré. Sonreí y un par de lágrimas asomaron a mis ojos, porque todo estaba bien. Porque tú estabas bien y venías a mis brazos, impetuosa y mágica como te había imaginado. “Este bebé está muy contento”. Era la voz de María. Llegó Cristina. Papá sostenía a Hugo en brazos, detrás de ellas. Las contracciones llegaban en cascada. En un momento dado nos faltó el aire, mi amor, y la voz tranquila pero segura de María me dijo que tendría que empujar en la siguiente contracción para ayudarte. Temía no estar a la altura. Recuerdo haber pedido ayuda, pero no: negaron sonriendo y nadie tiró de ti, porque sabían que tú y yo podíamos. Me llegó nítida, una sola vez, la voz de Esther diciéndome “Respira”. No hubo tiempo para encender velas, ni poner la música, ni coger la cámara. De repente llegaste, Aine. Naciste bajo tus reglas, no bajo las mías. Naciste única e increíble. Naciste tú. Naciste con la bolsa íntegra, haciéndote -haciéndonos- más fácil el camino. La bolsa que fue tu hogar llegó delante de ti y la rompiste con la cabecita, y toda el agua que nacía contigo te bañó nada más llegar. Antes de alcanzar a verte te oí llorar. Antes de alcanzar a verte oí a papá decirle a Hugo: “Mira cariño, es tu hermana.” Yo ya lo sabía. Eras mi reina de las hadas. Mi ninfa salvaje. Mi preciosa Aine. Te recogí cremosa sobre mi pecho. Y me enamoré de ti, de tu piel, de tu olor a sangre y calor. Me enamoré de cada centímetro nuestro, mi vida. A las once menos diez de la noche te tenía entre mis brazos. Y me dio pena no tenerte ya dentro de mí.

Mujeres


Todos los bebés del mundo deberían tener derecho a nacer así. Todas las madres del mundo deberían tener derecho a parir así. Por cómo naciste, y por todo lo que siguió.
Recuerdo que bromeé con las matronas. Les dije que habían llegado desde Santander a Gijón y que casi no llegan de la cocina al salón. También recuerdo que dije que había sido más fácil de lo que esperaba. ¡Claro! Esperaba estar toda la noche, y apenas había oscurecido ya te tenía conmigo.
Todo fue lento. Todo fue paciente. Esperamos al alumbramiento de la placenta y ¡qué grandes! Como si me hubieran leído la mente, las matronas grabaron nuestro árbol en papel. Papá cortó el cordón. Con infinita paciencia me explicaron pros y contras de coser un par de puntos, esperaron, me pusieron anestesia, otro poquito más, me sostuvieron las piernas, me cosieron sin prisas. No me hacía falta la noción del tiempo que ya había perdido: en el lugar en el que nos encontrábamos no existían los relojes.

Qué sensación, Aine, tan simple y tan perfecta. En aquel momento ya no fui la niña estúpida pendiente de recibir aprobación de los mayores; no fui la campeona que lo había hecho bien esperando la medalla; no fui la idiota que regaló su parto a “los que saben”. Ni grande ni pequeña. Ni sabia ni ignorante. Sólo era una mujer. Una mujer entre mujeres. Una mujer entre iguales. Tan simple. Tan perfecto.




Aine, nunca te conformes con menos de lo que quieres, ni con menos de lo que te mereces. Te miro a ti y miro a tu hermano, los momentos tranquilos y felices que pasamos, y la verdad se abre clara ante mí como se abrió mi cuerpo para vosotros: nacemos para ser amados, para ser besados, abrazados y cuidados. Nacemos para reír, para reír hasta que duela. Nacemos para emocionarnos y para llorar cuando queramos, si es que queremos. Si es que vale la pena. Nacemos para vivir como somos y no como esperan. Nacemos para ser auténticos. Nacemos, no para encontrar la felicidad, sino para disfrutar del camino.

Y ese es el primer regalo que puedo hacerte, Aine: nuestro parto, tuyo y mío. Vive, cariño, por favor, vive siempre igual que naciste. Ese ha sido tu primer paso. Nunca olvides que has nacido para disfrutar del camino.

________________________________________________________________________


Algunos escritos hebreos, no incluídos en La Biblia, cuentan que Eva no fue la primera mujer de Adán, sino que ese lugar le correspondió a Lilith, creada de la tierra, al igual que Adán, para ser igual a él. No aceptaba tener que ponerse bajo Adán para copular, y prefirió irse por su propio pie del Paraíso  a verse sometida. Cuando Dios condenó, no fue a ella.
Siempre podremos elegir no ser hijas de Eva.



jueves, 19 de septiembre de 2013

Violación


Voy a lanzar una pregunta al aire, a ver qué opináis. Ojo, que no es fácil:

¿De qué depende que una violación sea tal cosa? Entendiendo aquí "violación" no sólo en su sentido más usado de abuso carnal no consentido, sino también como acto que va en contra de la ley y el juicio, como profanación de algo implícitamente 'sagrado' (http://lema.rae.es/drae/?val=violaci%C3%B3n).

Imaginemos varios supuestos:


Supuesto número 1:


Imagen extraída de eldinamo.cl


Una mujer y su marido/compañero/novio se van a la cama a dormir y él se deja reposar sobre ella. Ella le hace saber que no le apetece sexo, él insiste. Ella se empieza a poner algo nerviosa y le dice que no. Así durante un rato cada vez más tenso, en el que ella se siente cada vez más incómoda y más nerviosa y a él se le empieza a nublar un poco el sentido común. Hasta que, en un momento dado, y aún posado sobre ella, impidiéndole el movimiento, atañe el consabido "sólo la puntita", le aparta las bragas y la penetra. ¿Esto es violación? Ella y su marido han hecho el amor muchas veces y a ella no le queda ninguna secuela física... Simplemente no le apetecía. ¿Es o no es violación?


Supuesto número 2:

Una mujer va a hacerse un piercing en el clítoris. Cuando está acostada el profesional le dice que le atará los tobillos, porque aunque le pondrá anestesia es posible que le duela un poco y algunas mujeres tienen el acto reflejo de dar una patada, así que es para evitar daños mayores. Cuando ya la tiene amarrada y desnuda de cintura para abajo, al tío se le pone de repente cara de sádico al más puro estilo Urotsukidoji, empieza a sacar -sin que la mujer lo vea- un montón de juguetes sexuales y, antes de que ella se dé cuenta de nada, empieza a penetrarla con una goma enroscada llena de 'bonitos diamantitos placenteros'.


Fairy Tail Gajeel

La mujer intenta zafarse, pero sumando miedo y objeto-extraño-en-vagina no es capaz de incorporarse. Le dice que pare pero el sádico, riendo, le dice que no se preocupe, que no va a tardar mucho... Y era verdad: en apenas dos minutos de pseudo-forcejeo el precoz sádico satisfizo su deseo. ¿Esto es violación? La mujer, por propia voluntad, se desnudó ante un desconocido y accedió a colocarse en una postura indefensa. Y, después de todo, fueron apenas dos minutos y ella no tiene absolutamente ninguna secuela física. Si acaso un pequeño rasguño interno causado por uno de los diamantitos del aparatejo. ¿Esto es o no es violación?



Supuesto Número 3:

Una mujer embarazada de ocho meses va al tocólogo a un control rutinario y a hacerse la prueba del estreptococo, que consiste en tomar una muestra con un bastón de la boca de la vagina y el ano. La mujer expresa en repetidas ocasiones su deseo de que no le hagan exploraciones durante el embarazo y el ginecólogo, aparentemente, lo respeta. La mujer se coloca en el potro, en posición de litotomía, con los pies metidos en los estribos. Llega el ginecólogo con los bastones, coge muestras y, rápido como un rayo, le mete los dedos en la vagina. Ella da un salto y le grita que pare, que no lo haga. El ginecólogo se ríe, mete la mano más al fondo y le dice "Mujer, si esto no es nada! Mira, ves que rápido? Ya estás explorada. ¿A que no ha sido para tanto?" ¿Esto es violación? Ella ya ha se ha hecho más exploraciones en su vida, el ginecólogo es un profesional de la salud y lo que ha hecho no le acarrea a ella ninguna secuela física, al margen de unos pinchazos algo dolorosos que desaparecieron en menos de un día, unas cuantas contracciones incómodas y un poco de sangrado, que se considera normal. ¿Esto es o no es violación?


Imagen extraída de saluddiaria.com


¿Qué creéis? Os voy a repetir la pregunta del principio, que quizás a estas alturas se os ha olvidado:




¿De qué depende que una violación sea tal cosa?

¿Depende de qué le hayan metido a la mujer? ¿De quién lo haya hecho? ¿De en qué contexto? ¿De la intencionalidad?

Probablemente en el Supuesto 1 la cosa esté en duda para muchas personas. ¿Quizás habría que saber cómo es en general la relación de esa pareja? ¿Si él es un maltratador que la tiene sometida? ¿Cómo son normalmente en la cama? Se conocen, son pareja... Es difícil. ¿La violación depende entonces de quién la ha cometido? 
El Supuesto 2 está bastante claro, ¿verdad? Ella ha ido a hacerse un piercing, no a que un sádico salido la penetre sin previo aviso y sin consentimiento para satisfacer sus desvíos sexuales. ¿Depende entonces la intención?
En el Supuesto 3, estoy segura de que la mayoría de la gente (no hablo de la mayoría de quienes leen este blog) no verán la falta. Sin embargo, ella va a hacerse una prueba y la penetran también, sin previo aviso, sin consentimiento y contra su expresa voluntad. Pero no tiene un fin sexual. Además, sólo han sido dos dedos. Entonces, ¿sí depende de la intencionalidad? ¿De con qué se practique? ¿Del contexto en que suceda? 

Bueno, el ginecólogo lo hace a diario varias veces. Creo que el sádico del Supuesto 2 también. El marido lo ha hecho por primera y seguramente última vez. ¿Entonces depende de la frecuencia? Pero el ginecólogo está trabajando. Con lo cual, ¿podría depender de que esté remunerado? Uy, que miedito.

¿Depende de las secuelas físicas? Porque de nuestros tres supuestos el peor ha sido, precisamente, el 3... En serio, ¿qué diferencias véis? ¿Por qué unos sí y otros no? Y si os dijera que las tres mujeres, después de sus supuestos, se echaron a llorar, ¿cambiaría algo?


¿En qué punto deja de importar la voluntad de la mujer y su derecho a decidir sobre sí misma para ceder ese derecho a la normalidad de la práctica?

No tenéis que responder si no queréis, esto es sólo una reflexión mía en voz alta... Me conformo con llamar a alguien más a reflexionar un poco sobre el tema. Y, si fuera a algún ginecólogo, mejor aún.


martes, 30 de julio de 2013

Mi primer parto


"Mi primer parto"...

Cuando alguien me pregunta por mi primer parto es casi como si hablara de la historia de otra, puede que de algo que vi en la tele. Tal vez sienta que miento porque, en realidad, mi primer parto no fue ninguna de ambas cosas.

Para empezar, no estoy segura de que fuera un parto. Un parto es un proceso fisiológico natural, en el que el bebé que está listo para nacer baila compasado en cuerpo y espíritu con su madre para conocerse al fin y conocer otros abrazos, otros besos, otra piel. No… Aquello no fue un baile. Aquello fue un procedimiento médico. Una rutina. Un papeleo. Un desdén hecho proceso.  Aquello no fue un baile.

Mi primer parto no fue un parto. Y, desde luego, fue de todo menos mío. Fue de una ginecóloga que me llamaba “niña” justo antes de quitarme razón, inteligencia y valor en cada bochornosa exploración. Fue de un camillero que me trasladó antes de tiempo a un área de dilatación lleno y que me obligó a estar tumbada y desatendida durante una hora en un hall que parecía el Starbucks de Plaza España en hora punta. Fue de un séquito de personal cuyas caras ni recuerdo, administrándome todo sin consultarme nada, sondándome a mí y monitorizando a mi bebé, impidiéndome moverme. Fue de un anestesista socarrón que me riñó como reñía Rottenmayer a Adelaida por moverme mientras me incrustaba un banderín en la espalda. Por suerte, también fue de una mano entrada en años (y experiencia) que se prestó a ser sujetada por las mías mientras me ponían una anestesia que yo había repetido mil veces que no quería. Fue de unos pómulos que sobresalían bajo unos ojos inquisidores que prohibieron a mi marido acompañarme en el momento más importante de nuestra vida. Fue de quien se llevó a mi bebé. Fue de quien me contestaba como si fuera una cría impertinente cada vez que durante las siguientes cuatro horas, que pasé sola, preguntaba por qué aún no estaba con mi hijo. Fue del artista que dejó en mi cara de recién parida pinceladas distraídas de tristeza. Fue de quien me quitó el derecho a darle la bienvenida en mis brazos, donde él esperaba. Fue de una torre entintada de burocracia. Fue de todo el jodido hospital, menos mío.

Sólo nacemos una vez y tenemos derecho a hacerlo con dignidad. Eso es lo que quiero para mis hijos. Lo que querré siempre para ellos. Que nazcan como quiero que vivan el resto de su vida: felices, plenos, colmados. Disfrutando cada momento como único, como un fin y no como una transición. No como un paso. Mucho menos como un mal trago. Quiero que vivan con intensidad y que sus experiencias sean auténticas, todas y cada una de ellas. La mayoría no dependerán de mí, pero esta ha de ser nuestra y nunca más me robarán ese regalo. A Hugo ya no puedo dárselo y me pesará toda la vida -no sé si haya en el mundo abrazos suficientes para compensarle esa falta, pero prometo intentar dárselos sin escatimar uno solo-.

Esta vez será distinto. Esta vez la vida me demuestra que existe la energía, la armonía y el equilibrio. Esta vez la oportunidad se presenta en forma de regalo infitino, de conjunción de fuerzas, de magia de hadas y salvajismo femenino. Esta vez recordaré que somos fuertes y que nosotras podemos decidir. Esta vez nadie me quitará el primer regalo que le harán a mi bebé, algo que no debería ser un regalo extraordinario, sino un derecho absoluto.


Me llamo Jessica, y esta vez seré animal antes que mujer. O acaso, esta vez, seré más mujer que nunca.



Lámina de Noe San

domingo, 21 de julio de 2013

Veintitrés



He tenido un sueño maravilloso:

Despertaba de madrugada en nuestra cama. Estábamos solos tu hermano, aún dormido a mi lado, y yo. Papá ya se había ido a trabajar. Yo sabía que me había despertado una contracción: me había puesto de parto. En el total, absoluto, acogedor silencio, me ponía de rodillas y apoyaba los antebrazos en la pared sobre el cabecero de la cama. DOS contracciones. Sólo dos. Largas, profundas, intensas y emocionantes. Te noté bajar con cada contracción, abrirte paso a través de mis paredes. Gemí dulce y verdadera, como en el acto que te engendró pero con un gemido para el sexo desconocido. Para mí desconocido. Para la carne desconocido. Así se ha de gemir cuando gime el alma. Sólo dos y te recogí con mis manos. Eras un niño. Por primera vez desde que sé de nosotras no te he sentido una niña. Tu hermano dormía y yo no tenía prisa por sacar nada más de mí, así que te envolví en mi pecho y seguimos durmiendo abrazados los tres. Mi último pensamiento fue para tu padre: no se lo creería cuando llegara a casa.


La peor parte de los sueños maravillosos es que indefectiblemente se terminan. Desperté feliz, sintiéndome el animal más mágico y salvaje que habita el universo. Y poco a poco, como se va el sabor del postre con cada sorbo de café, la realidad volvió a golpearme en el pecho para recordarme que eso no sucederá. Me angustia tanto, cariño, pensar que volveremos a estar a merced de las necesidades de otros y no de las nuestras… Pero mamá te promete que va a pelear para que nuestro parto sea nuestro. Muy nuestro y solo nuestro… 

Veinte



Ha hecho muchísimo calor hoy. No estaba segura de que fuera a pasar, pero sí: los pechos me vuelven a crecer, como preparándose para rebosar otra vez. He sudado mucho, por primera vez algo incómoda. Llegué a casa con unas ganas tremendas de ducharme. Olía mi propio sudor. Me quité la camiseta. Me quité el sujetador. Huelo mucho. Huelo mucho. Pero este olor… Este olor no es sudor. Este olor es dulce. Reconozco este olor. ¿Será posible? ¿Será verdad? Y entonces me aprieto el pecho y… ¡Leche! ¡De nuevo leche! ¡Qué felicidad!

De la pura alegría salí corriendo del baño, desnuda, saltarinas tetas al viento, para enseñárselo a papá. Y claro, Hugo vio pasar una teta y allá que se enganchó. Le pregunté si salía leche y vuelve a decir que sí, ¡y que está muy rica! Me vuelvo a sentir yo, me vuelvo a sentir la yo que soy de verdad, como si las últimas semanas sólo hubiera estado esperando a que llegara este momento. Los que no entendieron mis lágrimas cuando la leche se fue tampoco las entenderán ahora que ha vuelto. La vida al fin, hija, consiste en eso: en emocionarse con lo que te quita y con lo que te da.

Vuelvo a ser fuente, y tierra, y semilla y árbol y fruta y lluvia y viento y madre,  e hija. Vuelvo a ser todo lo que puedo ser y todo lo que quiero ser. Vuelvo a ser yo. Volvemos a ser nosotros.

martes, 11 de junio de 2013

Quince


Hoy tu hermano ha venido a pedirme teta. Ha levantado la camiseta, me ha acariciado la barriga y ha dicho un perfecto “¡Hola, Bebé!”.


Qué ganas tenemos de tenerte, de completarte y que nos completes. Pero aún no, cariño. Aún eres mía. Somos sólo nuestras. Ya te siento. Como una burbuja atrapada en una botella casi llena, que baila a veces desorientada buscando su sitio en el espacio ingrávido e infinito de mi útero. Cuánto me gusta saberte conmigo. Cuánto me gusta saberme tu madre.

lunes, 3 de junio de 2013

Diez


Qué diferente es todo. Cuando estaba embarazada de tu hermano estaba embarazada veinticuatro horas al día. Ahora es como si sólo estuviera embarazada cuando me acuerdo.
Cuando me llamaron por teléfono para citarnos para la primera ecografía apunté fecha y hora mientras hablaba (5 de abril. 11:15 am.) Cuando colgué me quedé un buen rato mirando el papel. “Es verdad. Estás ahí. Y te voy a ver”.



Hugo, Papá y yo fuimos en familia a verte por primera vez. Papá tenía a Hugo en brazos frente a mí, frente a nosotras, y vieron la pantalla antes que yo. Entonces pasó. Encendieron el audio. Tu corazón. Tu perfecto corazón nos gritaba tu presencia. Te oía a ti mientras veía a tu padre y a tu hermano. Y entonces comprendí. Ya somos cuatro.

martes, 28 de mayo de 2013

Ocho



Ni una gota de leche. Sabía que podía pasar, pero… No te lo voy a ocultar. No se lo voy a ocultar a nadie: estoy triste, muy triste.

Tengo mucho miedo. No estoy preparada para esto. No me siento nutritiva. No me siento tierra. No me siento nada. Mis fuentes, mis hermosos manantiales, se han secado  y me asusta horriblemente pensar que tu hermano se pueda destetar. No imaginas, nadie imagina, cuantísimo deseo que a pesar de ello tu hermano siga queriendo su amada teta…  No estoy preparada para abandonar esto. No estoy preparada para romper este lazo. No estoy preparada para no regalarnos (a los tres) nuestro tándem. Me apetece llorar y, por supuesto, he llorado.

“Y qué más da. Ya le has dado mucho tiempo”. No dejes que nadie, ni siquiera yo, te diga nunca por qué has o no has de llorar. Muchas veces, muchas personas, no entienden sus propios sentimientos. No esperes que entiendan los tuyos. Tus lágrimas, mi cielo, siempre serán tuyas. Haz con ellas lo que te plazca.



viernes, 24 de mayo de 2013

Seis



Estoy gorda. La báscula sube y yo sé que estás ahí.

Me miro al espejo y me redescubro. Estoy gorda, poderosa curvilínea. Soy una diosa fértil y me quiero más por tenerte nadando en mi interior. Soy la Jessica grande, la Jessica madre. Soy la engendradora de la reina de las hadas, del indómito león de alma poeta, y por ello soy magia: porque tú eres magia creciendo, convirtiendo en irreal y paralelo todo lo que has decidido que ha de estar en tu camino.

Ahora tengo miedo, pero sólo a veces porque la ilusión se abre paso, irremediable y arrolladoramente, como una luz nuclear: irrefrenable. Inevitable. Y a pesar de todo tan hermosa…

Tu hermano ha sido el primero en saber que vienes y serás de todos. En saber que tenemos un bebé. Y ahora cuando pide teta las reparte generoso con un “Este teta tú. Este teta bebé.” Hugo, generoso, empatía pura, me ha hecho darme cuenta: serás el gran regalo que le haremos a tu hermano. Él será el gran regalo que te estará esperando. Y ambos seréis el gran regalo que le dejaremos al mundo: dos maravillosas personas que aportarán amor, magia y color al mundo gris en el que se ha convertido este lugar.



lunes, 8 de abril de 2013

Tres






Creía que estaba tranquila, pero ahora que cada vez es más una posibilidad según me acerco a casa empiezo a impacientarme. Casi hasta me molesta físicamente tener que subir las escaleras. César no entiende que tenga que ser ya, creía que esperaría a mañana, pero sé que esto es fiable y yo no puedo seguir esperando. Esta impaciencia me va a matar.

Siempre me he sentido un poco ridícula con estas cosas. Supongo que si fuera un hombre sería más fácil, pero es que nunca sé a dónde empezar a apuntar. Y tampoco estoy muy segura de en qué momento detenerme. Rasgo el paquete y leo las instrucciones. Como si no supiera de sobra cómo funciona. Vamos allá. ¡No! No, aún no. Mejor me recojo el pelo. Joder, me voy a mear encima de los nervios. Hala, una coleta bien mona para que no se me caiga todo el pelo encima de la cara. Ahora sí. Vamos allá. Apunta, dispara, espera, quítalo, pósalo, espera… Dios, esto es lentísimo. Espera. Einstein, qué bien afinaste sin conocer estos cacharros. Llegas a conocerlos y tendríamos teoría unificada. Espera. El reloj parpadea. El mío interno ha debido detenerse. Espera. Ha pasado ya un minuto. Todavía un minuto. Ahí está, con letras prístinas como estrellas, ¡oh, sabia tecnología! “Embarazada”. Pero aún ha pasado un minuto. ¿Quedan dos? En la pantallita cabe un “No” delante de ese “Embarazada”. Que no salga. Que salga. Que no salga. Sale algo más. “Embarazada. 2-3”. Ostia… Sonrío. Me embarga. Casi lloro. Y de pronto “Oh dios… Qué hemos hecho.”

Me voy al salón. Tu hermano duerme en el sofá y tu padre ha tenido que saberlo nada más verme. Por aquello de que yo entré primero y mi mandíbula arrastrándose tres metros por detrás. Le pongo el test delante, apoyado en la mesa, y me siento en la sillita azul en la que come tu hermano. “¿Qué piensas?” ¿Me pregunta qué pienso? ¿Tengo que pensar? ¡No soy capaz de pensar! “Embarazada. 2-3”. Me quedo un buen rato mirando esa pantallita en silencio, intentando descifrar qué significa. Significa que estoy embarazada. De entre dos y tres semanas. Sé exactamente qué día fue: ese día que tentamos a la suerte y nos permitimos ser un poco irresponsables, bajo la premisa de “ya sería coincidencia”. Coño, pues fue. Significa que todo va a cambiar otra vez. ¿Significa que voy a querer menos a tu hermano? ¿Que voy a dedicarle menos tiempo? ¡No estoy preparada para quererle menos! ¡No estoy lista para quitarle tiempo! Ya lo entiendo. Significa que tengo miedo, hija. No sé muy bien a qué, pero tengo miedo.


lunes, 1 de abril de 2013

Que se jodan las croquetas



Me voy a dar un consejo, y seré breve:

Espabila. En serio. Espabila.

Conoces la teoría: disfruta cada momento porque el tiempo se te escapa entre los dedos. Disfruta de tu hijo. Exprime esos instantes al máximo. Agradece lo que tienes, porque lo tienes contigo y eso… Eso, créeme, no tiene precio. Aunque a veces se te olvide.

Conoces la teoría, pero aún te dejas llevar por la miseria. Por eso te pasó lo que te pasó ayer. Porque estabas alterada por vanalidades. Que se te rompe el coche, que la factura del teléfono ha llegado mal, que una señora te ha dicho que eres una mala madre porque tu hijo “no es sociable por tu culpa”. Y a todo esto le das vueltas mientras fríes dos san jacobos y cuatro tristes croquetas, porque tu desastrosidad organizativa ha hecho que otra vez vuelvas a encontrarte en fin de semana con la nevera vacía. Y mientras te sientes frustrada y cabreada por todas estas naderías, mientras el aceite va calentando para que las croquetas se doren poco a poco, te apoyas en la encimera y coges el móvil para ver qué novedades hay en Facebook. Como si el mundo virtual hubiera podido cambiar en los cinco últimos minutos. Y la encuentras. Y la lees.

La carta de una madre que cuenta a un íntimo grupo de mujeres cómo se despidió de su hija. Cómo se despidió de ella. Cómo la abrazó. Cómo la besó. Cómo le pidió perdón. Y lloras. Lloras larga e intensamente porque la entiendes, porque empatizas, porque es al tiempo lo más horrible, lo más bello y lo más intenso que has leído en tu vida. Lloras porque te sientes una mierda, porque te permites preocuparte y alterarte por nimiedades inútiles, en lugar de agradecer el inmenso regalo que es tenerlo ahí. Para darle otro abrazo. Para darle otro beso. Para, ojalá, tener mil oportunidades para pedirle perdón cuando tengas que hacerlo. Y reza para tener sabiduría para hacerlo. Lloras porque, a veces, aprender duele.


Y entre lágrimas y pañuelos de papel, con tu nevera vacía, se te ha quemado la cena. Pero qué más da.
Espabila. Ve a abrazarlo. Y que se jodan las croquetas.


lunes, 25 de marzo de 2013

Tú. Yo. El Universo.



Tú no lo sabes, pero yo lo hago cada noche:


Cuando te duermes, te miro, sonrío y te beso la frente. Pero no es un beso cualquiera. Cierro los ojos, poso despacito mis labios en tu sien y espero a sentir el calor de tu sangre en mi piel. Y entonces ya no estamos en nuestra habitación. En ese momento, tú y yo estamos en el Universo. Los planetas giran y bailan enloquecidos detrás de mis ojos. Veo soles que brillan lejanos para nosotros, y toda la energía que existe, ha existido y existirá se repliega en un vórtice frenético que confluye en mis labios, para devolverte con mi beso el calor que tú me das.

Y siento miedo, cariño mío. Porque me da vértigo asomarme a ese Universo donde sólo hay energía. Siento miedo, porque no quiero morirme. Porque ME ATERRA pensar que puede haber un lugar en el que yo no soy tu madre. En el que no puedo darte un beso cada noche.

Pero te prometo, mi amor, mi Príncipe, que intentaré estar allí. Que intentaré esperarte en nuestro planeta. Que bailaré cada noche bajo un millar de soles para que encuentres el camino por si en sueños, una noche, quieres venir a por tu beso. Que esperaré siempre, por si llegara el día en que quieras volver con mamá a casa.

Eso hago, cariño, cada noche: te llevo a buscar un poquito de esa luz tan tuya, que te hace tan especial. Tan único en nuestro Universo.






lunes, 18 de marzo de 2013

Dicen que Dios






Dicen que Dios hizo el mundo en seis días, y el séptimo descansó. Eso demuestra que Dios no tenía hijos.

Si Dios hubiera tenido hijos el séptimo día habría podido hacer cualquier cosa, pero descansar no. Habría ido al parque a pasar la tarde y se habría comido un helado de tres pisos. Habría jugado a los trenes y pintado con los dedos. Habría hecho galletas y se habría pasado una hora entera limpiando harina. Habría hecho un fuerte con cajas viejas, reparado las ruedas rotas de mil coches de juguete y se habría convertido en súper héroe saltando desde el sofá.

Si Dios hubiera tenido hijos, no habría tardado seis días: habría tardado al menos cien. Porque tendría que haber explicado pacientemente por qué aquí va un río y aquí toca una montaña. Por qué hay olas en el mar y no puede haberlas en las piedras. Habría tenido que hacer pausas para untar pan con chocolate, besar golpes en la cabeza y curar pupas en las rodillas. Habría tenido que limpiar la leche que se derramó en el suelo y habría recolocado los continentes una y otra y otra vez. Se habría quedado embobado tarde tras tarde, sólo mirando sus caritas de ángel mientras duermen la siesta. Esperando -¡inocente!- que duerman cinco minutos más para poder ducharse tranquilo.

Si Dios hubiera tenido hijos… El mundo le habría quedado mucho mejor.

Las cebras serían blancas y negras, moradas y verdes, rojas y azules. Las jirafas tendrían manchitas con forma de triángulo, diamante y corazón. Los hipopótamos estarían rellenos de caramelos y las vacas darían leche de todos los sabores.

No todos los ríos irían hacia abajo: algunos irían hacia arriba o incluso de lado. Algunos irían en círculos para poder jugar a marearse. Algunos serían de chocolate. No haría falta excavar túneles en las montañas para poder pasar: bastaría con pedirles educadamente que se apartaran. Podría nevar y hacer sol al mismo tiempo. Las nubes se podrían comer. El aire nos haría volar sólo con abrir los brazos. Podríamos caminar sobre el arcoíris.

Si Dios hubiera tenido hijos, no sería el Planeta Azul, sería el Planeta Colorín. El agua no sería toda azul: sería una acuarela siempre cambiante, porque todos los peces que viven en ella irían dejando un rastro de color tras de sí al nadar. Los árboles que funcionan con clorofila serían verdes, pero habría árboles blancos que funcionan con estrellas, y árboles azules que funcionan con plastilina… Y aquellos de allí, aquellos rosas tan bonitos… Esos, funcionan con el pintalabios de mamá. Ese que lleva tanto tiempo en un cajón.

Si Dios hubiera tenido hijos, habría menos plástico y más madera. Menos deberes y más escondites. Menos relojes y más tiempo.

Si Dios hubiera tenido hijos, habría más niños felices y menos adultos tristes.

Sí… Dicen que Dios hizo el mundo en sólo seis días, y el séptimo pudo descansar… Pero ojalá hubiera tenido hijos.




martes, 12 de marzo de 2013

De bofetones y macacos.






Seguro que habéis oído alguna vez hablar de este experimento* sobre la adquisición cultural de un comportamiento específico:

Emplearon una jaula, una escalera, una banana, una manguera a presión de agua helada y diez ejemplares de macacos Rhesus. Y el experimento consistió en lo siguiente:

En la jaula, metieron a cinco de los macacos  y colocaron la banana colgando del techo sobre la escalera. Como era de esperar, en poco tiempo uno de los macacos descubrió la banana y se aventuró escalera arriba para alcanzarla. En ese justo momento, rociaron con el chorro de agua helada a TODOS los monos, y no al que había trepado. Cuando el segundo mono intentó alcanzar la banana, repitieron el proceso, rociando con el agua a los macacos de la jaula. Así, tras varias repeticiones, cuando uno de ellos intentaba trepar por la escalera al instante los otros monos se abalanzaban sobre él para evitar la consecuencia. En poco tiempo, ningún macaco intentaba acercarse a la banana ni a la escalera.

¿Y qué pasó entonces? Sacaron a uno de los monos de la jaula y lo sustituyeron por uno de los que tenían en espera. Lógicamente, no tardó en ver la banana e intentar alcanzarla. Pero en cuanto se acercó a la escalera sus compañeros se tiraron sobre él y lo separaron por la fuerza para evitar el chorro de agua helada. En pocos intentos, el nuevo mono captó el mensaje. Entonces sustituyeron a un segundo mono, y se repitió el proceso: cuando el último en llegar intentó alcanzar la banana, todos los demás, incluído el primer sustituto (que nunca había recibido el castigo del agua), lo atacaron para evitar que se acercara a la escalera. 

Y así, fueron sustituyendo uno por uno a todos los macacos, observando cómo la historia se repetía vez tras vez. Finalmente, tenían en la jaula un grupo de cinco individuos totalmente nuevo, y ninguno de ellos intentaba trepar la escalera, a pesar de que ninguno de ellos había sido nunca rociado con la manguera. A todos les había quedado clarísimo que NI banana, NI escalera.

En internet podéis encontrar esta historia en multitud de sitios, y normalmente se adorna el final con una pregunta: Si pudiéramos preguntar al último macaco en entrar por qué no intenta alcanzar el plátano, o a alguno de sus compañeros por qué agreden al que intenta alcanzarlo, seguramente responderían “No lo sé. Esto siempre se ha hecho así.”

Pues en algún momento, digo yo, habrá que empezar a pararse y pensar por qué las cosas son así.
Hace un par de semanas, en mi perfil personal de Facebook, compartí desde el muro de Mireia Long (Bebésymás) una reflexión de Alice Miller (Por tu propio bien):

“Los científicos han demostrado a través de sus investigaciones de los últimos 50 años, que el castigo físico es sin duda alguna la causa principal de que los niños crezcan con tendencias violentas, con un grado significativamente mayor de enfermedades mentales, con mayores probabilidades de cometer crímenes serios contra la gente y la propiedad y con mayores posibilidades de fallar en el matrimonio y el trabajo.”

Aquí el silogismo, creo yo, es claro: entre los adultos violentos encontramos siempre a niños que sufrieron violencia, lo cual no significa que todos los niños que sufren violencia vayan a ser adultos violentos (por fortuna, algunas almas permanecen cándidas para siempre). Aplicar un castigo físico a un niño: no se me puede ocurrir un sistema más arbitrario de educación. ¿Dónde poner el límite? ¿A partir de qué punto se considera que se le puede dar una bofetada? ¿Haces una cuantificación económica de lo que ha roto? ¿Una cuantificación del daño moral que te supone el insulto? ¿No puede llamarte imbécil pero sí, por ejemplo, neutrino? A mí me cae de cajón que algo tan subjetivo va a depender única y exclusivamente de la ira y, seguramente, propia frustración del educador, y no de la falta real del niño, que apenas sabe contar hasta veinte, mucho menos entenderá que eso que ha roto costaba quinientos euros. La violencia, para mí, sólo tiene dos posturas: a favor o en contra. No puedes estar “en contra, pero un poquito a favor”. Sería como decir que "eres fiel a tu pareja, aunque a veces un poquito no".

Quienes defendemos la crianza respetuosa y la no violencia en cualquiera de sus formas estamos muy acostumbrados a escuchar las mismas réplicas una y otra vez, y eso fue lo primero que me respondieron, que me respondió un chico, a la reflexión de Alice Miller: la defensa del bofetón a tiempo, el bien que hace, la falta que hace para enderechar a algunos, que de otra manera habrían sido idiotas. La cantidad de estúpidos que hay sueltos porque no les dieron una buena bofetada. Y, por supuesto, el argumento que, a entender de algunos, debería zanjar toda discusión posible: “Pues a mí me dieron de pequeño y no he sido un maltratado, ni soy ahora un maltratador”. ¿Sabes? Me parece muy bonito… Pero tus hijos vivirán toda su vida sin tocar esa banana.



martes, 19 de febrero de 2013

Desobediente





La tautología es una ciencia concisa y rotunda. Absoluta. Explicar algo por sí mismo es el súmmum de la lógica simple. El silogismo purificado y convertido en ley del todo. Me quiero ir porque me quiero ir. Hace calor porque hace calor. Es un niño porque es un niño.

Un niño tiene que obedecer a sus padres.

Yo siempre había pensado que la obediencia de un hijo hacia su padre era una ley natural incuestionable. Pero un día, después de ser madre, me encontré cuestionándolo así que, por ende, incuestionable ya no es. Y si es cuestionable… ¿No puede también estar equivocado?

Tenemos varios animalitos en casa: al perro le pedimos fidelidad. A la gata un mínimo de cordialidad en la convivencia. Los peces y la tortuga sólo muestran interés en nuestra existencia cuando nos acercamos con la comida. El caracol no sabe ni que vive en casa. Si me apuráis, tengo una araña viviendo en el retrovisor derecho de mi coche, y de ella me conformaría con que no me llenara el espejo de telarañas cada noche pero, claro, no puedo esperar eso. Ninguno de ellos es bueno ni malo: son puros. Hacen lo que deben hacer. Su sola existencia ya da sentido a su existencia misma. Tenemos asumido que ellos tienen sus particularidades y su rol dentro de nuestra vida. ¿Pero el niño no puede disfrutar de ese privilegio? ¿No puede ser un niño porque es un niño? No puedes ser libre porque no eres libre. Me tienes que obedecer porque me tienes que obedecer.

La primera vez, después de convertirme en madre, que oí a alguien decirle a su hijo “¡Eres un desobediente! A ver si empiezas a obedecer, que es lo que tienes que hacer” me quedé aplatanada. Nunca lo había pensado antes. Pero en ese momento pensé que yo esa obediencia se la pido a un perro, no a un niño. Y luego pensé que ni siquiera se la pido a mi perro…

A mi perro le enseñamos unas normas para una feliz convivencia y es lo que esperamos de él: que no se coma los muebles, que no tire de la correa al pasear… Cosas básicas. Con un niño debería ser igual: estamos para enseñarles ciertas cosas, o más bien para guiarles en el aprendizaje de ciertas cosas, porque con ellos es más fácil: aprenden por imitación, así que no tenemos que sentarnos durante tardes con una galleta a decirles que “esto no” o “esto sí”. Lo van aprendiendo de manera natural con el crecimiento. Podemos ayudarles con lo que no conocen, como explicarles por qué no tienen que tocar un enchufe o pedirles que miren la carretera al cruzar. Podemos agacharnos a recoger las pinturas para que ellos aprendan al vernos que, tarde o temprano, tenemos que recoger las pinturas. Pero ¿podemos, de verdad, exigirles obediencia? ¿Obedecemos nosotros ciegamente a alguien? Es más, ¿obedecemos mínimamente a alguien? Y si lo hacemos, ¿nos gusta hacerlo? Yo no recuerdo cuándo fue la última vez que obedecí a alguien. No soportaría que me diesen órdenes. ¿A quién puede gustarle?

Esto me recuerda bastante al rey de El Principito. El rey que podía gobernar sobre todas las cosas porque gobernaba sabiamente y sólo le pedía a cada uno lo que cada uno podía dar. Por eso ordenaba al sol salir a las 7 de la mañana y a las estrellas permanecer quietas. Por eso yo no le exijo a mi tortuga que haga pis en el arenero ni al caracol que venga a recibirme a la puerta cuando llego. Si se lo exigiera y no lo hicieran… ¿en quién estaría la falta? Así tratamos a nuestros niños. Les pedimos, les exigimos y, encima, exigimos obediencia. Cuanto más lo pienso, más injusto me parece.

“Tienes que obedecer”. No hace tanto era absolutamente normal, en nuestra cultura, que un marido le dijera eso a su mujer. Que se lo diga ahora, a ver qué opinamos, a ver qué se encuentra…





Pero con los niños todo vale, porque son niños. Los gatos pueden portarse como gatos porque son gatos y los caracoles portarse como caracoles porque son caracoles. Pero los niños no pueden portarse como niños porque son niños. ¿Nadie más ve que esto atenta contra la lógica más simple? Y los adultos tampoco podemos portarnos como niños porque somos adultos. Pues vaya un invento la infancia, que está para hablar de ella y no para vivirla…

Yo creo que me conformaré con que mi Príncipe no se coma los muebles J


lunes, 11 de febrero de 2013

Confesión de un asesino




Hay una serie de televisión que sigo todas las semanas. No me pierdo un capítulo. Lo que no me esperaba era encontrarme, como quien no quiere la cosa, con una enorme satisfacción personal encerrada en la confesión de un asesino. No me pude resistir: esperé a la repetición de la madrugada y grabé en mp3 el diálogo para poder transcribirlo palabra por palabra y compartirlo, porque me parece escabrosamente revelador.

Os pongo en antecedentes: la prensa acudió a cubrir la noticia de un macabro asesinato. Una periodista le explicaba a un compañero que le daría un enfoque diferente al artículo. No quería saber quién era el asesino, sino quién había sido. Por qué se había convertido en lo que se había convertido:

-         - Nadie nace siendo un monstruo: ese “monstruo” también fue el precioso bebé de alguien, llorando por su madre.

Lo que ella no sabía es que el asesino la escuchaba desde un rincón oscuro. Supo que ella era especial, y ahora la tenía atada a una cama:

-          - ¿Puedo contarte un secreto? La nuez moscada marca la diferencia. Sandwich caliente y sopa de tomate, la merienda de mamá. Aunque yo no tuve una que me lo preparara. Por supuesto tuve madre, pero no la conocí. Tenía tu misma edad cuando me abandonó.

-          - ¿Creciste en un orfanato?

-          - Sí. En el sistema. Cubrieron mis necesidades básicas: comida, agua, una educación rudimentaria… Y con una fusta de cuero aprendí la diferencia entre el bien y el mal. Cumplían cada regla. Sobre todo las que prohibían gestos de afecto o cualquier contacto físico innecesario porque el contacto… acabaría malcriando al niño.

-          - Está bueno.

-          - Ya lo creo. Está muy bueno.

-          - Está delicioso. No pretendo ser condescendiente contigo, sólo quiero que sepas lo mucho que te agradezco este detalle. Sé lo que es sentirse abandonado. Así me sentía en Briarcliff.

-          - No me equivoqué contigo. Eres la elegida. Desde siempre he sido muy consciente: sabía que era distinto a los otros niños, más listo pero también más atormentado. Eso fue lo que me llevó a estudiar psiquiatría: entender mejor mi trastorno. No tuve mi primera crisis hasta la facultad de medicina.

“  (Examinando un cuerpo inerte que reposaba en una camilla)
– Mira Thredson, esto es lo más cerca que estarás de una chica este trimestre”.

-          - Les reía las gracias a los idiotas de turno, pero sabía que la mujer de la mesa no era mi novia... Era mi madre. Tenía treinta y tres años, la misma edad de mi madre cuando me abandonó. Tu edad. La lógica y la razón me decían que la mujer de la mesa no era mi madre, pero en esa broma del destino que es mi vida sentía que podía serlo. Y fue de justicia poética que la viera por primera vez en la mesa de autopsias de mi clase de anatomía. Fue entonces cuando comprendí lo que tanto echaba en falta: el tacto de una madre, el contacto piel con piel... Eso era lo que ansiaba, lo que me había faltado toda la vida… Pero olía a formaldehido y su piel, aún después de quitársela, estaba fría, rígida… ¿Has oído hablar sobre los estudios de Harlow? Separaba a crías de macaco rhesus de sus madres y les ofrecía dos madres sustitutas: una tela metálica con leche y la otra cubierta de felpa. Todos los monos prefirieron a la madre cubierta con felpa, aunque no tuviera leche.

-          -¿Por la calidez?

-          - Por la piel. Hasta un mono nota la diferencia.
Lo intenté con todas mis fuerzas, pero ese cadáver no consiguió calmar mi anhelo. Necesitaba a alguien. Piel viva y cálida…

-         -  (Solloza)

-         -  ¡No, no, no, no, no, no! No sufras porque, aunque estás aquí, tú no eres como ella…

Como dato, puedo comentar que los estudios de Harlow existen realmente y, además, tanto el experimento como los resultados fueron tal como se describen en la escena. Ya, ya sé que lo primero que a uno puede venirle a la mente es que es sólo ficción pero, recordando un poco las palabras de un hombre muy sabio, el amor no malcría a nadie. Las cárceles y los reformatorios no están llenos de niños a los que abrazaron demasiado. Más bien al contrario: es fácil encontrar niños que fueron desatendidos, desamparados, insatisfechos en su más profunda necesidad de ser amados.





martes, 29 de enero de 2013

No temerás mi ira




¿Cuánto nos exigimos?

Quienes hemos elegido, primero desde muy dentro y luego desde la perspectiva que avala la ciencia, una crianza consciente y respetuosa a menudo nos encontramos diciendo y exponiendo que queremos respetar los ritmos de nuestros hijos, colmar sus necesidades sin anular su individualidad, dotarles de un sentido natural de lo que está bien y lo que es justo (“no hagas esto por el premio, hazlo porque de verdad quieres hacerlo”), animarlos a expresar sus sentimientos y emociones porque todos, incluso la ira, son naturales y sanos.

Respetamos sus ritmos, sí. Pero ¿y qué pasa con los nuestros?

Quienes hemos elegido esta línea de crianza nos encontramos demasiadas veces no permitiéndonos hacer aquello para lo que alentamos a nuestros retoños: no nos permitimos enfadarnos. Y no estoy diciendo que no lo hagamos: estoy diciendo que no nos lo permitimos. Nos sentimos culpables si no nos controlamos en la medida que hubiéramos deseado. ¿Es eso sano?

Normalmente, siempre creemos en la enseñanza mediante el ejemplo. Podemos aprobar, incluso alentar en ocasiones, en nuestros hijos que sientan rabia o enfado, porque mediante su expresión y aceptación aprenderán a gestionarlo como una emoción natural del ser humano y no serán esclavos de su propia ira. Pero, ¿y nosotros? ¿No somos esclavos de nuestra aversión a la ira?

Puede que le esté enseñando a mi hijo que debe aprender a controlarse (en el marco de lo que aquí entendemos por “controlar”) ahora que es pequeño, porque cuando sea un adulto no se le permitirá expresar tal emoción. No. No es eso lo que le quiero transmitir. No quiero que aprenda que lo que se le permite ahora no se le permitirá en su vida adulta. Quiero que en nuestra casa, en nuestro refugio, la justicia funcione en ambas direcciones, y puede que para eso no sólo deba otorgarle a él los derechos que tenemos nosotros, sino que quizá debería empezar a otorgarme a mí misma los derechos que le doy a él.

Tal vez los momentos de “debilidad”, cuando uno sucumbe a su rabia y explota en un grito, no fueran tan alarmantes si no nos pillaran a nosotros tan por sorpresa como a ellos.
Si quiero enseñarle mediante el ejemplo, la gestión de la rabia, la frustración o cualquier otro sentimiento de los que se consideran “malos” no debe ser una anulación del sentimiento, sino una muestra de verdadero autocontrol. Y el autocontrol no consiste en masticar y tragar toda emoción no deseada, no. El autocontrol debe consistir en aceptar que esa emoción aflore en la medida que nos haga sentir mejor sin necesariamente hacer sentir peor a otro y sin que nos sintamos culpables después.

Si en un momento dado sentimos que perdemos los papeles y alzamos la voz, la reacción no debería ser guardar silencio y sentir vergüenza por haber gritado. Deberíamos aceptar que, aun siendo padres que hemos elegido una crianza consciente, somos humanos, capaces de enfadarnos, capaces de gritar como expresión de nuestro enfado. No tendríamos que intentar no gritar: si nos permitiéramos a nosotros mismos enfadarnos, estaríamos preparados para hacerlo del modo correcto cuando llegue ese momento.

Porque, reconozcámoslo, ese momento llegará. Un bebé de dos meses o un niño de dos años tal vez aún no haya tenido muchas ocasiones para ponernos a prueba pero, tarde o temprano, lo hará. Y no sólo es nuestro derecho, en este círculo de justicia y equidad que queremos en nuestro hogar, el reaccionar con enfado, sino que tendríamos que empezar a plantearnos como un deber el enseñar a nuestros hijos cómo trabajar realmente esa rabia.

Nos gusta darles espacio cuando ellos se enfadan, respetarlos, decirles incluso que les entendemos y que pueden estar enfadados. Eso es sano (creo que mucho). Pero ¿les estamos dando un ejemplo REAL de cómo trabajar con todo eso? Porque, creo, darle ese ejemplo es mi responsabilidad.

Somos muy conscientes del respeto que profesamos a la evolución natural de nuestros hijos, pero a veces nos olvidamos de dejarnos evolucionar a nosotros también. Tenemos que perdonarnos de antemano y atrevernos a permitirnos ser espontáneos, auténticos, naturales también en esto. Cuando hayamos aceptado esta faceta nuestra, de todos, la que menos nos gusta, estaremos preparados para poder reaccionar con enfado ante una situación que nos supera, pero con la clase de enfado que nos gustaría que ellos desarrollaran: sano, tranquilo, sólo nuestro. Un estado pasajero que pasa como un nubarrón: llega con el viento y con el viento se va.

¿Y si no podemos? ¿Y si me permito cabrearme y me paso de la raya? Entonces tendríamos que aprovechar la oportunidad, porque sólo se me ocurre una cosa más humana que un padre permitiéndose ser natural ante sus hijos, y es un padre permitiéndose mostrarse arrepentido ante ellos. El perdón es un modo de justicia; una forma de arte que también funciona en ambas direcciones. 



martes, 22 de enero de 2013

Que viene el Coco



Soy una mujer adulta. Tengo veintinueve años, un hogar, un coche, un hijo, un trabajo y una pequeña torre de facturas que se acumulan entre el día uno y el quince de cada mes. Vamos, lo que de toda la vida se ha llamado ser adulto.

Ahora que una ha aprendido a quererse a sí misma ya suena ridículo considerarse “una cría” por ciertos aspectos de la propia personalidad, como que me gusten los dibujos animados más que a mi hijo o que esté fascinada con el hábitat para insectos que le han regalado. Y tampoco es cosa de críos que me dé miedo, auténtico pavor, la oscuridad.

Nadie se atreve a decirme, con veintinueve añazos y un montón de canas que tengo, que hay que ver que tonta parezco, como si fuera un bebé, teniendo miedo de la oscuridad con lo mayor que soy”. No, claro que no. A una mujer adulta nadie le dice esas cosas. Una mujer adulta que tiene fobia a la oscuridad (acluofobia, se llama) tiene un problema real, una enfermedad diagnosticada. Pero antes de ser una mujer adulta con una enfermedad, fui durante mucho tiempo una adolescente con una tara de fábrica, y antes de eso fui durante mucho tiempo una niña con un problema ridiculizado.

Durante todo ese tiempo que mi “problema” lo era más por los demás que por la propia oscuridad, muchas veces pensé en acudir a algún psicólogo, a algún hipnotista que pudiera hacerme retroceder a descubrir el origen de mi miedo y así intentar eliminarlo desde la raíz. Pero esa idea se quedó en ese saco de los Algún día, cuando tenga tiempo.

Cuando el Príncipe Hugo había arrancado a andar libremente hacía poco, estábamos en casa de un familiar por la noche, con toda la casa a oscuras salvo la cocina, donde nos tomábamos un café. Mi Príncipe, lógicamente -por aquello de que es un niño-, quiso salir a explorar y, ¿qué se encontró? Un cuerpo bloqueando la puerta de la cocina, cogiéndolo por el brazo y diciéndole amorosamente:
-         
      -  ¡No salgas ahí, que está oscuro y hay un coco!

Algo se prendió en mi interior. Como si le hubieran dado al interruptor y dos neuronas que hacía tiempo que no se encontraban se hubiesen conectado. E instintivamente pedí que no le asustaran de ese modo. “¿Por qué?”, me preguntaron. “Porque se empieza así, y se termina con veintinueve años temiendo a la oscuridad”.

Abrí los ojos de repente, escuchando en mi cabeza un montón de voces de mi infancia que me resultaban familiares y me decían amorosamente: “Jessica, no vayas para allá, que está oscuro y hay un coco”. ¡Joder! ¿Tanto os costaba ir a explorar conmigo, panda de vagos? Claro, es mucho más fácil asustar a un niño para que se esté quietecito que molestarse en acompañarlo.

Cuántas cosas, aparentemente inofensivas, se hacen con nuestros hijos por inercia, porque lo escuchamos, porque resulta fácil, porque nos lo dijeron a nosotros tiempo atrás. Qué distinto sería todo si nos parásemos a pensar en las alternativas. Si pensáramos al menos en dos opciones antes de actuar. Si plantearnos lo que hacemos por costumbre fuera parte de nuestra rutina con nuestros niños. Porque es realmente triste darse cuenta de que, aún no queriendo hacerlo, aún teniendo premeditado evitar esos comentarios, te sorprendes a veces balbuceando estas amenazas por pura inercia, porque ya lo has oído antes. Así de peligrosa es la corriente.

Podemos decirles que hay un monstruo en ese sitio oscuro para acomodarnos, ya no la vida, sino sólo la tarde, pero luego osamos exigirles que no teman a la oscuridad. (¿Perdón?) Por si quedara duda de que la culpa siempre es de los niños, les convencemos de que son ellos quienes tienen el problema. Estamos alimentando la saca de lo absurdo sin miramiento alguno para engordar los problemas que nosotros mismos hemos creado y dejar luego que alguien (¡quien sea, por dios!) nos venda las soluciones. Suena a la cultura del ridículo.

Pararse un momento, respirar y acompañarles con paciencia… No puede ser tan difícil, ¿no creéis?


Soy una mujer adulta, tengo veintinueve años y soy consciente de que no hay qué temer. Pero no lo puedo evitar: la niña que soy SABE que en la oscuridad… Hay un coco.